¡Vivos se los llevaron! ¡Vivos los queremos! (Combate Estudiantil – Noviembre 2014)

 
MexicoMéxico es desde hace años víctima de una guerra violenta, que se está llevando más vidas que los conflictos que aparecen cada día en las televisiones de todo el mundo, pero tiene que suceder una masacre como la de Ayotzinapa para que se rompa el cerco mediático y aparezca la cara oscura del desarrollo económico mexicano. Sin duda, el caso de los 43 estudiantes normalistas de Iguala no es un caso aislado, sino que es una muestra más de la situación de emergencia que vive la juventud en este país.

El caso de Ayotzinapa no es sólo un fallo puntual, sino que es un crimen de Estado que evidencia la gravedad del narcogobierno. Pero tampoco es sólo responsabilidad del narco, sino que es el reflejo del proceso de desestructuración social de México como consecuencia del avance del neoliberalismo y el libre comercio a raíz del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Este vínculo entre la implantación del neoliberalismo y la expansión de la violencia quedó bien demostrado en la Audiencia del Tribunal Permanente de los Pueblos: “Destrucción de la juventud y generaciones futuras”; donde se presentaron más de 70 casos de vulneraciones de derechos humanos de jóvenes, bajo el lema “La juventud juzgará al Estado Mexicano”.

Este tribunal ético, organizado por centenares de organizaciones, se ha enfrentado a la impunidad que vive el país. Y ha demostrado que el gobierno mexicano ha invertido sus prioridades, convirtiéndose en un gobierno que defiende los intereses económicos de las oligarquías nacionales e internacionales, mientras le va quitando valor a la vida. En México, todo se pone al servicio del beneficio económico independientemente de sus consecuencias, el narco y la violencia sirven para justificar el Estado de excepción, mientras que el miedo reprime mejor que ningún ejercito las resistencias y rebeliones.

En este contexto, los y las jóvenes mexicanas se han convertido en una mercancía más, en un “bono demográfico” para intercambiar en los mercados internacionales. Da igual si no reciben un salario digno, si trabajan en condiciones de esclavitud o si están la mayor parte de su tiempo desempleados o en empleos precarios. Además, para crear este ejército de reserva dispuesto a ofrecer mano de obra barata a las transnacionales, el Estado mexicano se alinea con el resto de países del mundo que están reformando sus sistemas de educación para ponerlos al servicio de las necesidades del capitalismo global.

La imposición de la educación neoliberal, que se expande por todo el mundo sin importar sus consecuencias, se ha enfrentado en numerosas ocasiones a fuertes movilizaciones estudiantiles, ya fuera Bolonia en Europa, la reforma de la Ley 30 en Colombia o el sistema de educación privatizado en Chile. Esta vez les ha tocado a las escuelas Rurales Normales de México, ejemplo de resistencia y lucha de un estudiantado que no se resigna a dejarse aplastar por el modelo neoliberal global y que en los últimos años ha estado resistiendo continuamente a los intentos del gobierno mexicano de sacarles del mapa.

Las escuelas rurales, creadas en la revolución mexicana, son uno de los pocos bastiones de rebeldía que les quedan por desmantelar. Ahí se forma el profesorado rural de todo México, chicos y chicas provenientes del campo, para los que entrar en la normal es la única oportunidad de estudiar. Es por eso que defienden su escuela hasta las últimas consecuencias y porque son conscientes de que para ser buenos docentes no les bastará con tener conocimientos técnicos, sino que necesitaran una buena formación crítica, social y cultural.

Los desaparecidos de Ayotzinapa son víctimas de un gobierno tomado por el narco. Pero también de un gobierno al servicio de los intereses económicos. El caso de los normalistas, se suma tristemente al caso de tantos otros jóvenes en México que por ser campesinos, indígenas, migrantes o mujeres, pierden sus derechos y son tratados como si su vida no valiera nada. Asesinados, desaparecidos, explotados, reprimidos y privados de su fuerza vital y juventud.
 

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